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miércoles, 24 de junio de 2015

Conociendo a fondo los Balcanes (parte II)

De vuelta a la estación, me monté en una furgoneta, porque por el tamaño no podemos calificarlo siquiera de autobús. Justo tenía al lado a una chica muy mona, de nombre Liljana, que venía de pasar unos días de vacaciones visitando a unas amigas en Malta. Sobra decir que el viaje pintaba ya mejor y se haría más ameno. Como detalle -menor (?)- he de mencionar que el autobús no tenía cinturones de seguridad y la furgoneta era bastante mediocre. Me pasé gran parte del camino hablando con esta nueva amiga, que me señalaría el camino a casa al llegar a la capital de Macedonia. Por cierto, hablaba algo de español. Según parece, era bastante popular en el país debido a las telenovelas. Supongo que exageraría, pero me dijo que la gente me entendería mejor si me dirigía a ellos en español y no en inglés.

Hicimos un descanso en medio de la nada, donde había una pequeña tienda -y para mi sorpresa la mujer hablaba inglés ¡e incluso aceptaba euros!- y luego la pertinente parada en la aduana, donde me hizo gracia que el guardia se quedara mirando los preservativos... Le dije a Liljana en tono jocoso que le debería preguntar al tipo que si me dejaba tener relaciones. A las 5AM llegamos a Skopje, y como me prometió la chica del bus me acompañaría al hostel.

El problema vino ahora. Cogimos un taxi -pagó ella, no quiso dejarme pagar a pesar de que el taxista aceptaba euros- y cuando estábamos llegando a su casa -luego descubriría que quería coger su coche y acercarme al hostel- me di cuenta que había olvidado la mochila en el autobús. Al bajarme fui directo a coger la maleta y no caí en la cuenta de que había dejado la mochila en la parte de arriba del asiento. Un despiste de bulto, sí, más si cabe porque en ella tenía el pasaporte -vital para salir del país-, el cargador del móvil, los auriculares, las gafas de sol, el neceser... Así que cogimos su coche y volvimos a la estación...pero el autobús no estaba. Problemón. Preguntamos que si se había vuelto a Sofía y en caso de que aún estuviera en Skopje dónde se podría encontrar. Jamás se me olvidará la marca que hacía la ruta Sofia-Skopje, Kalesa.

Nos pusimos a dar vueltas en busca el autobús perdido, pero no aparecía. Fuimos donde le dijeron a Liljana que suelen aparcar para pasar la noche, también llegamos a la antigua estación, pero no había forma de dar con él. La ayuda de la chica fue inestimable, quería dar con la mochila a toda costa, así que nos dirigimos a la aduana. Sí, cuando vi que cogió la autopista le pregunté -porque me lo estaba temiendo- y evidentemente me confirmó mis sospechas. Allá que fuimos y no solo eso, sino que me dijo que si no veíamos la furgoneta que ¡iríamos a Sofía! Yo estaba totalmente por la labor de encontrarla, como es de suponer, pero a ella se le metió entre ceja y ceja encontrar el vehículo.

Iglesia de Santa Sofía (Ohrid)
En la aduana le dijeron que no había pasado ningún autobús de la marca Kalesa, que esperáramos.

Y eso hicimos, durante más de media hora. Yo volví a preguntar al funcionario en su garita y me dijo que conoce la marca porque lo ve pasar todos los días y que estaba convencido de que por ahí no había pasado. Además, suponiendo que lo viéramos pasar, sería muy cómico el hecho de perseguirlo y hacerle parar. El guardia también me comentó que él no estaba capacitado para registrar el vehículo, que simplemente nos avisaría si lo veía pasar. Como os contaba, estuvimos aparcados un buen rato mientras Liljana no paraba de hacer llamadas para ver si resolvíamos algo o le daban alguna información útil acerca de las rutas de la compañía.

Teatro romano de Ohrid
Yo le dije que nos volviéramos, que mañana seguiríamos buscando. Volvimos a la estación en un último intento y un operario me dijo que, al día siguiente, a las 17.30, ese autobús volvería a Sofía. No me quedé del todo conforme. No me quedaba mucho más que hacer. Dimos otra vuelta más por la antigua estación pero ella, que conocía el autobús y la marca mejor que yo, no lo vio por ningún lado. Le dije que me dejara en el hostel y que más tarde, a lo largo de la mañana, seguiríamos buscando. Subí al hostel y cuando estaba aún en la recepción me llegó un mensaje suyo al Whatsapp. Había encontrado el bus! Alucinante. La chavala además de maja era muy resuelta. Me dijo que se acercaría a dármelo en 10 minutos, que bajara. Llegó y me propuso ir al Canyon Matka -del que me había hablado hacía un rato-, a no ser que estuviera muy cansado. Y yo, claro, como siempre en estas ocasiones, estoy abierto a cualquier plan. Rara vez el sueño o el cansancio me hacen decir que no. El cañón, en un valle precioso, se encontraba a unos 10 kilómetros a las afueras de Skopje. Allí fue donde nos besamos, con un marco incomparable. No había mejor sitio, parecía hecho a medida.

Lago Matka a primera hora de la mañana
Ya de vuelta al hostel, quedamos en vernos esa misma noche, aunque fuera un rato, a pesar de nuestro cansancio mutuo, sobre todo el suyo, que venía de varios días sin dormir y quería quedar con sus amigas. Yo pensaba ir a Ohrid durante el día, así que intentaríamos quedar por la noche.

Puse la alarma, dormí 2 o 3 horas y me fui a Ohrid. El chico del hostel me dijo que lo ideal para mí sería quedarme allí esa noche y no volver a Skopje. No le faltaba razón. Eché más horas en el bus -6 en total- que viendo la propia ciudad. Ohrid, "El Jerusalén de los Balcanes", que cuenta con 365 iglesias (una por cada día del año) y un enorme patrimonio cultural para una ciudad de apenas 42.000 habitantes. El teatro y las iglesias románicas -espectacular la de San Clemente- son de una preciosidad inconfundible y el inmenso lago te absorbe desde el primer momento. Por supuesto, tiene un castillo con unas murallas que nada tienen que envidiar a las de Skopje y que se remonta a la época bizantina. Una ciudad pequeña pero con muchísimo encanto. Solo me quedé con ganas de ver la iglesia de San Juan Kaneo, pero el tiempo apremiaba.

El recepcionista no se equivocaba, pero yo ya tenía mis planes en la cabeza y me di toda la prisa que pude en recorrérmelo, para así llegar a tiempo esa misma noche a Skopje, dormir allí, levantarme por la mañana, hacer turismo y poner rumbo a Kosovo a mediodía. Como véis, todo bastante bien programado.

Iglesia de San Clemente
Y eso hice, en apenas hora y media y corriendo de un lado para a otro me la vi. Cogí el bus, como planeé y llegué a la capital macedona de noche. Salí a comer algo y al día siguiente de turisteo. No está mal Skopje, aunque a decir verdad, se está modernizando a la carrera. Hay obras por todos lados y se pueden ver estatuas por las calles principales, lo que siempre da atractivo, alegría y vistosidad a cualquier ciudad. Es una estrategia del gobierno local, embellecer la ciudad, dotarla de una identidad propia, porque como bien sabéis hasta hace aproximadamente veinte años pertenecía a Yugoslavia. Cerca de mi hostel, a escasos metros, estaba la calla Macedonia, la arteria comercial y más transitada de la ciudad. Allí mismo, pudo disfrutar del memorial en honor a la Madre Teresa de Calcuta (Premio Nobel de la Paz). La entrada es gratuita y su visita es recomendable para explorar algunos detalles desconocidos de su vida. Desde que abandonó Skopje para irse de misionera a la India, con 18 años, volvió en tres ocasiones, en alguna de ellas con el Papa.

Fortaleza de Samuel (Ohrid)
Al final de la calle se encuentra la antigua estación de tren, con un interesante museo sobre el terremoto que asoló la ciudad en 1963. En la fachada principal un reloj marca la hora en la que la tierra se movió cómo nunca antes en esta zona y arrasó los cimientos de la ciudad. Una de las visitas de Teresa de Calcuta fue precisamente por el movimiento sísmico que causó miles de muertes en su ciudad natal y provocó que Tito tomara cartas en el asunto ante el caos sembrado por el temblor.

La fortaleza Kale (del siglo VI, aunque reconstruida a lo largo de los siglos) está situada en el punto más alto de la ciudad y tiene vistas al río Vardar; sin embargo, más allá de la espléndida vista de toda la ciudad, está bastante descuidada, me dio la sensación de estar muy desangelada y apenas se ve gente visitándola. Es mucho más vistoso el exterior que el interior. Por otro lado, la Plaza de Macedonia sigue en permanente construcción. Pocos avances vi respecto a hace tres años, cuando estuve con Sergio. Dicha plaza conecta la ciudad antigua con la nueva mediante el Puente Viejo (del siglo XV pero construido sobre cimientos romanos). Nada más atravesarlo, nos adentramos en el barrio turco y su bazar. Quizás sea lo más significativo de Skopje. La zona está dominada por mezquitas -imponente el minarete de Mustafa Pasha- y poblada por musulmanes albaneses. Hay mucha actividad en la calle y precisamente fue en esta zona donde comí.

Puerta de Macedonia
Finalmente no pude quedar con Liljana. Una pena, me hubiera gustado agradecerle con una comida su amabilidad el día anterior.

Mezquita en el barrio turco
Estatua de Filipo II, padre de Alejandro Magno
Tras ver la ciudad, comer y recoger la maleta, emprendí camino a Kosovo. En la frontera me miraron el pasaporte más de lo habitual y me preguntaron con qué intenciones iba al país o qué iba a hacer ahí. Mi respuesta fue sincera a la vez que firme: turismo, de vacaciones. Kosovo es reconocido como país independiente por 108 países en el mundo, pero entre ellos no está España. Ni Serbia, evidentemente.

Puente de piedra Kameni Most (el más antiguo de la ciudad)
En poco más de dos horas me planté en Pristina. Aún era de día y cuando llegué al hostel, limando con la plaza Madre Teresa (sí, los albano-kosovares afirman que nació aquí y no en Macedonia) casualmente el azar me iba a echar una mano. En la recepción me dijeron que había dos españoles hospedándose esa noche. El círculo se cuadraba porque era viernes y a mí me hacía ilusión salir en Pristina. Y claro, con los españoles siempre puedes contar para salir. La fiesta se lleva en la sangre, corre por las venas de cada uno de nosotros. La verdad es que la conversación en el lounge del hostel sobre el conflicto albano-kosovar con Serbia dio de sí y me sirvió para ponerme al día con un tema que no deja nunca de estar candente. Y todo ellos aliñado con cervezas de por medio, claro. Lo que dedujimos los españoles -Fernando y Andrés- y yo es que Kosovo quería la independencia respecto a Serbia para unirse a Albania.

El héroe nacional, Skanderbeg, quien porta la bandera albanesa
No será cuestión de uno o dos años, pero a largo plazo parece que es su intención, ya que se sienten mucho más identificados -al menos las nuevas generaciones- con los albanos que con los serbios: por etnia, lengua, cultura...incluso al llegar me ocurrió algo muy curioso. Pregunté de camino a una chica qué lengua se hablaba en el país, si era el serbio y me dijo que no, en absoluto, que era el albano y que no cometiera por ahí el error de preguntar eso, que podía ser peligroso, aunque la ciudad y la gente era pacífica, que no me preocupara, que actualmente no había problemas. Yo le respondí que aunque no se hablara, la anterior generación a la suya seguro que lo hacía...Pero a día de hoy está bastante limitado. Kosovo es Albania, si no oficialmente, sí que lo es de facto.



La gente habla albanés, se ven banderas y símbolos albaneses en edificios oficiales -junto con estadounidenses- y estatuas que rinden homenaje al héroe albanés Skanderbeg. Cualquiera diría que estamos en territorio albano. Sí que se ven algunas enseñas o distintivos kosovares, pero son las menos. La mayoría de la población se siente albana. Los serbios han causado mucho daño aquí y eso lo pudimos comprobar también por la noche, cuando nos volvimos con dos chicas en taxi. Nos contaron que nada de serbio, que no les gusta y rechazan cualquier semejanza con ellos. También nos comentaron lo que ya vimos por nosotros mismos, que los extranjeros no les suelen gustar. La discoteca no nos dejó dudas. Solo en un bar en la ciudad (para ir al club tuvimos que coger un taxi, estaba más bien a las afueras) pudimos entablar conversación con alguna chica. Yo conocí a una que era cantante profesional y que al día siguiente vimos -casualmente- en el autobús hacia Prizren en un videoclip. La reconocí enseguida y Andrés y Fernando también. Una anécdota curiosa para cerrar la estancia en la capital kosovar.

Conmemoración de la independencia de Serbia
Me falta resumir lo que hicimos por la mañana. Poco se puede hacer, ya que Pristina es una ciudad prácticamente nueva, reformada por los estadounidenses, que han invertido mucho dinero en el país para contrarrestar las maniobras serbias. No es casualidad que haya una estatua de Bill Clinton en el bulevar del mismo nombre u otra calle con el nombre de otro ex-presidente, George Bush. Es, cuanto menos, chocante. También fuimos al estadio nacional de fútbol, que se encuentra bastante deteriorado y que no puede albergar partidos oficiales, solo amistosos. Los kosovares del hostel soñaban con que algunas estrellas que juegan para Suiza pero que nacieron en Kosovo, caso del popular Shaquiri, por citar un ejemplo jueguen sus últimos días para el equipo nacional. Hicimos otra escala de rigor en el famoso monumento New Born, que sirve para conmemorar la independencia de Serbia y que se inauguró en febrero de 2008. Alguna mezquita interesante, la Biblioteca Nacional, la iglesia Madre Teresa (sin apenas historia, ya que se finalizó anteayer, en el 2007) y visita terminada. No os perdéis nada si no pasáis por aquí, pero, sinceramente, tampoco me arrepiento de haber venido.

Greetings from Kosovo ;)
Por la tarde llegamos a la ciudad histórica de Prizren, plagada de mezquitas y monasterios y que data del siglo XIV. Yo había marcado en mi hoja de ruta el sábado por la tarde como fecha de vuelta a Budva, aunque mi plan se torció porque solo había autobuses por la mañana. A las 8AM para ser más exactos. Ergo me tuve que quedar en el mismo hostel que Andrés y Fernando. Además de este inoportuno contratiempo, la ciudad nos recibió con una lluvia torrencial que casi me amarga mi idea de ver las atracciones de la ciudad.

Biblioteca Nacional

Estadio del equipo local, el KF Prishtina



Cenamos en horario guiri y cuando finalmente escampó, pudimos salir a pasear. Prizren me dejó un buen sabor de boca. Más antigua y con más aroma que Pristina, se detecta enseguida su encanto al contemplar el Viejo Puente de Piedra, la imponente mezquita Sinan Pasha y la fortaleza Kaljaja, es aconsejable subir para apreciar las espectaculares vistas. Bonitas panorámicas. Mereció la pena el paseo. Leímos que había más de treinta mezquitas en toda la ciudad, dato bastante elocuente. De vuelta al hostel, dialogamos con el chico de recepción, que nos habló sobre -cómo no- el conflicto serbio-kosovar -siempre ligado a Albania, claro-. También se sentía albano. Nos contó historias de la guerra que vivió en primera persona, cuando era pequeño y se tuvo que proteger en el sótano de su casa y vi cómo caían bombas a su alrededor y morían vecinos y amigos. Sucedió en 1999, hace apenas 16 años, aunque parezca que ha pasado una eternidad.

El amigo Bill y un servidor
Yo le conté que cada uno cuenta la historia como le conviene, como Maja, la chica que conocí en Novi Sad a través de Couchsurfing. Me contó que él ya había oído esa historia, que los serbios siempre cuentan eso, pero que es mentira; aunque él particularmente no les tenía odio a los serbios y conocía el idioma. Todo esto aliádo de chupitos de rakija (un licor similar al brandy) que subía rápidamente (con tres de estos y alguna cerveza ya era suficiente para coger más que el punto...). Dialogábamos, debatíamos y nos entreteníamos.Tanto que casi se nos pasa la hora de salir. Fuimos a dar una vuelta por la ciudad con gente del hostel.

El turismo nocturno siempre es conveniente - nunca es desdeñable, yo soy un firme defensor- si bien en esta ocasión duramos poco, ya que a las 2AM o así ya estábamos de vuelta. No había muchas ganas de jarana. El cansancio había hecho mella, y más en mí, que llevaba más de una semana trotando y en cuestión de horas debía volver a Budva. Andrés y Fernando volverían a Macedonia, donde estaban trabajando. Un placer conocerles. Me despedí de ellos por la mañana y llegué a Budva por la tarde. Para los cerveceros, comentar que la cerveza local, Peja, deja mucho que desear. Aguada, sin sabor ni carácter. Mejor pedir otras marcas.

Foto postal de Prizren
Vistas desde la fortaleza
Un viaje con muchas anécdotas que guardar en la retina e historias de todo tipo para contar a hijos y nietos. Viajar solo -cuando la necesidad obliga- no está mal. Ya lo había hecho en UK, cuando fui desde Leeds a Oxford y Cambridge, aunque en esa ocasión solo se trató de un par de días. Ahora han sido nueve, pero la valoración global ha sido muy positiva.

miércoles, 18 de julio de 2012

Kotor-Budva-Skodher-Tirana

Bueno, varias tareas me han robado más tiempo del que habría querido y por tanto he abandonado durante unos meses este cuaderno de bitácoras. Es verano y tengo tiempo para rematar algunos temas pendientes -como el viaje por los Balcanes- y alguno más que ni siquiera comencé.

Continuando con la escapado por la costa de Dalmacia, el siguiente destino fue Montenegro. El viaje estuvo entretenido gracias a un montenegrino que nos contó historias del fútbol balcánico, algunas de las cuales ya conocíamos. Nos habló de mitos como Savicevic, Mijatovic, Jugovic...aunque nosotros teníamos más fresco a los estelares Vucinic o Jovetic, más próximos a nuestra generación. El hombre nos indicó dónde bajarnos y coger el siguiente enlace para llegar a Kotor.

La primera escala la hicimos en Herceg-Novi, un pequeño pueblo costero que tenía poco que ver. Si acaso, destacar La Torre del Reloj, construida por los turcos en el s.XVII.  Además, estaba anocheciendo cuando llegamos, pero era una población que se intuía merecía la pena conocer, por sus playas y su bienestar. Lo mejor, sin duda, la cena. Una hamburguesa casera bien servida en un pequeño local cerca de la estación de autobuses. El dueño era un tipo majo y nos dio conversación. Ya cuando se ponía el sol nos cogimos el autobús para Kotor.




Era noche cerrada, pero el pueblo, cercado por una muralla, tenía un encanto particular. Nuestro hostal, el Montenegro Hostel Kotor, se encontraba dentro del recinto amurallado y nos costó tan solo 11 euros. La calidad-precio era muy buena. Como anécdota, me quedo con que tuvimos que pagar 1€ extra por sacarnos una especie de pasaporte para circular por el país, según nos explicó la hostelera. Sergio había leído apuntes interesantes sobre Kotor.

El turismo lo dejamos para el día siguiente. Nos costó encontrar un bar para ver el fútbol. En el más cercano al hostel estaban retransmitiendo el Milan-Juve de la Coppa italiana. Tras unos compases de espera, el camarero accedió a poner el Barça. Se jugaba la vuelta de los cuartos de final de la Copa del Rey: Barcelona-Valencia. Éramos pocos clientes en el bar y los que estábamos consumiendo realmente.



Una de las entradas a la ciudad amurallada

Por la mañana subimos a la fortaleza de San Juan, a 280 metros de altitud. El marco era incomparable. El paisaje, simplemente espectacular. Una gozada. La única pega, los más de mil cuatrocientos escalones que debíamos subir para llegar a la cima. Ya nos lo advirtió nuestra compañera inseparable de viaje, la guía Lonely Planet, pero hasta que no entramos en materia, éramos un poco incrédulos, nos parecía que la cota más alta estaba más próxima; nada más lejos de la realidad. La odisea nos llevó cerca de 2 horas (entre subir y bajar). Eso sí, las fotos eran asombrosas. Las colinas nevadas de fondo con el mar debajo permiten gozar de unas panorámicas únicas.

La verdad es que a todo el que se pase por Kotor le recomendaría subir. Desde arriba, daban ganas de tirarse al mar. El calor, mezclado con el sofocón de la escalada y ver el mar tan calmado provocaba una sensación placentera, pero que solo se podría aliviar con el agua.


En una de las paradas de la fortaleza

Algunas fotillos más por el centro de la ciudad -patrimonio de la Unesco, por cierto- que combinaba iglesias ortodoxas con católicas, y directos a Budva. Enviamos algunas postales a España, aunque algunas de ellas nunca llegaron a su destino (Barcelona). Hay que reseñar que aquí se me rompió la cámara. No se desintegró del todo, pero lo suficiente como para que se quedara inutilizada. La pantalla en negro impedía ver nada.

Directo al abismo
Budva es otro pueblo que merece la pena. En este trayecto excluimos la opción de pisar Podgorica (la capital del país), tras consultar con los propios montenegrinos. En Budva, vimos la ciudad antigua, al lado del mar. Nos echamos unas cuantas fotos en la playa y en algunos restos que se conservaban de la época romana. Merece la pena la visita, pero lo más trascendental se ve rápido. Tomamos un chocolate caliente y cogimos el autobús con destino Ulcinj (el último pueblo de Montenegro, que hace frontera con Albania). En la estación nos habían dicho que Ulcinj estaba en territorio albanés. Ésa era nuestra idea, dormir en tierra albana, pero cuando descubrimos que aún seguíamos en Monetengro nos llevamos un gran chasco. El trayecto fue cómico. El autobusero se comía un bocadillo mientras conducía y el vehículo estaba destartalado. Hay un vídeo que confirma lo que escribo.

La Albania más profunda

Ulcinj apenas lo pisamos. En la estación nos "asaltó" un taxista que nos quería llevar en taxi hacia Skodher (Albania), totalmente desconocido para nosotros. Sergio no estaba dispuesto a montarse con un taxista que digamos, no le inspiraba mucha confianza, y menos a esas horas. Tras muchos dimes y diretes, acabé convenciéndole. Yo, a riesgo de pecar de confiado, me fié del taxista, que nos mostró su identificación. El último problema es que él solo nos podía llevar hasta la frontera porque le había caducado el permiso -para pasar a Albania- justo el día anterior pero tenía un colega de profesión que nos podía recoger; solo tenía que contactar con él. Una traba más. Pero aún con todo, tiré de Sergio y nos adentramos en una nueva aventura; ésta, más peligrosa si cabe. 

Acordamos darle 10E y 20 a su compañero por el viaje. Era noche cerrada y apenas se percibía nada en la carretera. El taxista chapurreaba inglés, por ser diplomático...pero entre gesto y gesto se hacía entender. Yo interpreté, por los aspavientos y las voces en esa lengua incatalogable, que su amigo le estaba poniendo tribulaciones para venir a recogernos, ergo yo no dejaba de inquirirle si estaba todo bien y no tendríamos problema para llegar a Albania. Sergio no terminaba a de fiarse hasta que no cambiáramos de autocar.

Finalmente, tras 20-25 minutos de viaje, llegamos a buen puerto. Lo más surrealista comienza ahora: Mi compañero de aventuras había leído que para entrar en Albania había que pagar 10euros.

Sin embargo, nos dejaron pasar con la mediación de los taxistas. Aquí es dónde se ve realmente la corrupción y los chanchullos -a un nivel modesto- de estos países. Entre ambos convencieron a los policías de la frontera para que pasáramos sin ningún trámite.De hecho, ni siquiera intenté que me sellaran el pasaporte, una meta que me había propuesto a lo largo del viaje. No era el momento más indicado.

El colega del taxista que nos llevó a la frontera nos estaba esperando. Charlaron entre ambos unos instantes y el primero debió indicarle donde debíamos quedarnos. En el Hotel Rozafa. Sí, nos sonó extraño. ¿Hotel?, pensamos. Pero fue llegar al país y darnos cuenta de que un hotel en Albania no es precisamente sinónimo de ostentación.

Llegamos sin ningún incidente y preguntamos el precio de una habitación doble. Hicimos el cambio y....salía ¡a 10e con baño!, sin él eran 8. Sacamos dinero y nos quedamos con la habitación. Bajamos a cenar, como auténticos señores, al restaurante del hotel y comimos genial por 3,5€ cada uno, aproximádamente. Un plato de tortelinis delicioso y una cerveza local. Fantástico. Buena impresión hasta ahora del país. 

A primera hora de la mañana -o antes- sufrimos una sorpresa inesperada. La llamada a la oración para los musulmanes nos desveló. La vista desde el hotel era excelente, pero no esperábamos que los rezos empezaran tan sumamente pronto. Sergio se quejó ostensiblemente de que entraba frío por la ventana. En su defensa, he de decir que era la última habitación del pasillo, de ahí que tuviéramos una estupenda vista, aunque por contra, la terraza daba directamente a la calle. Creo recordar que no cogimos el sueño de nuevo, o al menos él. Yo no estaba muy disgustado, porque por ese precio, ¡qué íbamos a pedir! Desayunamos (también en el hotel) unas tostadas; al menos trajeron mantequilla para untar. 

Nos fuimos a hacer turismo. Una foto con la estatua de la madre Teresa de Calcuta, de la que existen dudas de si era albanesa o macedonia, otras con La Gran Mezquita (la mayor de todo el país), y un paseo por la arteria más notoria de la ciudad. Ahí vimos a unos policias imponiendo orden con sus armas por si había algún tipo de altercado en las oficinas del banco. Nos pareció curioso cómo iban equipados solo para controlar que no hubiera ningún revuelo entre la gente que esperaba paciente en la cola del banco. Aquí os dejo unas fotos.

Vistas desde la habitación del hotel

Policías controlando las colas del banco
La Madre Teresa de Calcuta

Barrio de chabolas, de camino a la fortaleza

El castillo de fondo









Un terrorista
Compré en un viejo establecimiento una medalla de la época comunista para mi padre. Un detalle que le haría ilusión.Lo mejor, que se puede negociar el precio, no solo en la calle, también en las tiendas.Nos quedaba por ver un puente muy famoso que me había comentado mi padre.

Tras esperar el autobús -y toparnos con unas cuantas mezquitas-, decidimos ir andando. Con semejante caos el autobús urbano no iba a llegar a la hora prevista. ¿Qué mejor forma de conocer el país? Caminando vimos lo que es realmente Albania: Un país muy atrasado. Muy económico para los turistas, pero sumergido en una profunda crisis, retrasado varias décadas y donde la pobreza se veía por todos lados. En parte, me recordó a lo que debe ser Estambul, en el aspecto del ruido y el alboroto que hay en la calle. Se hace vida en la calle, la gente sale, pero no para tapear como en España, sino para hablar, discutir, dialogar...daba la sensación de que era la única forma de entretenimiento.

Además, la nieve sucia en la calle -y sin visos de ser limpiada- daba un aspecto aún más deplorable. Algunas fotos lo ejemplifican. Se veían cosas que en España jamás he visto. Por sintetizar, era el Tercer Mundo en Europa.



Resumiendo, en ese largo trayecto de más de 1 hora, vimos la fortaleza desde abajo; más bien nos la encontramos, porque íbamos buscando el dichoso puente, que finalmente no hallamos. Unas fotos y de vuelta al hotel, que había que coger el tren para Tirana, la capital. Por supuesto, no había una estación de autobuses como la conocemos en Occidente. El transporte se cogía en una de las esquinas de una plaza, que, casualmente estaba al lado de nuestro hotel. Cogimos las maletas y compramos el billete en el propio autobús. Aquí eso de sacarlo con antelación o reservarlo no se lleva. Eso si, por 1,5euros nos plantamos en Tirana.

Como anécdota, reseñar que alguna gente habla algo de italiano. De hecho, Sergio se hizo entender y esta ocasión el idioma transalpino resultó de utilidad. Y es que Albania perteneció al imperio italiano hace no mucho.

Con el héroe nacional, Skanderberg



El viaje duró 2 horas y al llegar a la capital, el mismo caos que reinaba en Skodher. No mejoraba la situación. De hecho, empeoraba por momentos. La estación era una explanada de tierra donde entraban y salían autobuses sin orden ni concierto. Obviamente, no podíamos dejar las maletas en ningún lado. Comimos algo rápido en un bar cercano, regido por unas señoras mayores, las cuales, es de perogrullo decirlo, pero lo haré, no hablaban inglés. A base de señas, me llevé un plato de espaguetis -sin tomate- a la boca.

Seguimos con el muerto y preguntando a todo el mundo que dónde había unos lockers o algún centro comercial para dejar las maletas. Como era de suponer, aquí no se destila ese lujo. Vimos un cibercafé, ¡con Internet gratuito!, era una cafetería en la parte de abajo con ordenadores en la planta superior. Fue nuestra salvación. Buscamos cómo ir a Macedonia y echamos un rato pisteando facebook, twitter, el correo...

Al cabo de un rato, vimos lo principal de Tirana -cargados de nuestra inseparable amiga la maleta-, todo ello concentrado en la Plaza Skanderbeg. El nombre de la magna plaza se debe a un viejo héroe nacional que mantuvo a los otomanos fuera del país allá por el siglo XV, y a su alrededor se encuentran los mayores atractivos de la capital: la singular Torre del Reloj, la Opera, o una vieja mezquita. Lo peculiar es la panorámica de Tirana. Las montañas al fondo le confieren un aire especial.


Anochecer en la capital albanesa

Trapicheando en pleno centro de Tirana
De repente el móvil de Sergio sonó. Un amigo griego de su Erasmus se encontraba en la ciudad. Era medio griego medio albanés. Quedamos con él y nos llevó a cenar a un sitio elegante. Pagó él, todo hay que decirlo. Una vuelta rápida con el coche y quedó visto lo principal. Su amigo intentó que hiciéramos noche allí y saliéramos de fiesta, pero declinamos esa opción, porque eso suponía llegar el domingo a Belgrado y con ello no aprovechar para salir el sábado. Tomamos el autobús nocturno para Skopje (Macedonia). El viaje duraría 12 largas horas...


Sergio y su amigo griego en una iglesia católica